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Ama Quella, Ama Sua, Ama Llulla

El miedo asháninka

El proyecto de la central hidroeléctrica de Paquitzapango forma parte del acuerdo energético entre Perú y Brasil y es una amenaza para los pobladores asháninka de la provincia de Satipo (Junín). No es para menos: si se construye la represa generará una laguna artificial que inundaría los territorios de 10 comunidades nativas. Cerca de 12 mil indígenas y colonos tendrían que abandonar sus tierras justo ahora que intentan repoblarlas tras el desplazamiento forzado que sufrieron a manos de Sendero Luminoso. La hidroeléctrica también alteraría el ecosistema de la zona. Por ejemplo, el de los peces que atraviesan el río Ene y sus afluentes para reproducirse. Sencillamente, un muro de 165 metros impediría su tránsito Es una obra inconsulta: ni el gobierno ni la empresa constructora han llegado hasta el lugar para preguntar si los nativos aprueban esta construcción, como lo disponen los convenios internacionales. DOMINGO visitó la zona y halló el germen de un nuevo conflicto socioambiental.

Texto y fotos Ghiovani Hinojosa


Sendero significó para Lucas López Alvariño el surgimiento de un tercer brazo. A sus dos extremidades habituales curtidas en el arte de sembrar la yuca –algo así como el pan francés de los asháninka– se les unió una articulación menos vulnerable a los embates de la vida rural: una lustrosa escopeta de retrocarga. Siempre colgada en uno de sus hombros, esta arma funciona casi como una extensión natural de su cuerpo: la utiliza tanto para pasarle la voz a alguien con un golpecito en la espalda como para traerse abajo un animal del monte. Pero sobre todo para intimidar a aquel que pretenda ingresar a su territorio. Rondero fiero y presidente de la comunidad nativa de Meteni, Lucas encarna mejor que nadie el recelo frente al foráneo. No le pidamos mucho: perdió a 10 de sus 11 hermanos en medio del fuego cruzado entre senderistas y militares.

La subversión no fue un tablero de ajedrez en Meteni, con fichas blancas y buenas y fichas negras y malas. Hubo muchas fichas grises: cuando Sendero Luminoso llegó en 1987, la comunidad lo apoyó tímidamente. “Decían: ‘vamos a matar a los grandes millonarios, vamos a tener billete’, un montón de cosas han prometido. Acá les hemos creído, somos débiles. He estado dos años en sus filas. Pero al ver que han matado a mis hermanos, he salido y he formado la ronda”, reconoce Lucas. Por convicción o a la fuerza, los pobladores del anexo de Chikireni, en el centro de Meteni, abandonaron sus tierras desde 1990 hasta 1998. Fueron años de cautiverio y horror en territorios montañosos: de las cerca de 100 familias que, según este comunero, había en Chikireni antes del terrorismo, hoy solo quedan 15.

“Nosotros hemos venido a repoblar”, dice Lucas. Sentado en un petate con su tercer brazo siempre vigilante, apunta su dedo hacia las casas y la escuela de la comunidad. La luna, el gran fluorescente natural en esta parte de la selva, permite avizorar estas construcciones. “Por eso es que no queremos la represa. Ya basta con el engaño que nos ha sucedido. No nos conviene, nosotros vivimos de la pesca”, explica tratando de calmarse. “El río Ene es el alma de nuestro territorio”, remata antes de que su espalda se rinda en el petate y cierre los ojos hasta mañana. A su costado hay un paje –o vaso– lleno de masato, la bebida típica del lugar preparada a base de yuca masticada. “Mañana sabrás por qué el río es tan importante para nosotros”, balbucea soñoliento.

¡Atontemos a los peces!

Uno de los motivos por los que los asháninka rechazan la construcción de la central hidroeléctrica de Paquitzapango es el impacto que esta tendría en el proceso natural de crecida y bajada del río Ene y sus afluentes, y por ende en la disponibilidad de peces para comer. Y es que las aguas dulces, además de ser un medio de transporte hacia el mundo “civilizado” –a través de botes y canoas– y una fuente de higiene –todos se bañan en ellas–, aportan proteína, fósforo y hierro a la dieta de los nativos. Cualquiera que se pare en sus orillas con un arco y una flecha o arroje un anzuelo en las aguas verdosas del Ene, podrá pescar chupadoras, boquichicos, carachamas y hasta zúngaros. Con la construcción de la represa, se detendría su caudal torrentoso y se formaría una laguna artificial que generaría un cambio drástico en el hábitat de estas especies. Expertos como el biólogo Ernesto Ráez han destacado la importancia que tiene la cuenca del río Ene para los peces del Amazonas que migran cada año a las zonas altas para reproducirse.

Lucas López Alvariño se ha despertado muy temprano hoy, junto al resto de hombres de Chikireni, para empezar a chancar el cube, una raíz cuyo líquido interno, dicen, es capaz de “atontar a los peces”. Se trata de un método milenario de pesca comunal.

Tras aplastar estas raíces en grandes cantidades, los asháninka las llevan al río para remojarlas dentro de unas redes. Así impregnan el agua con una sustancia blanquecina. Esto lo hace un grupo de comuneros y comuneras, mientras el resto aguarda con flechas y machetes en los tramos del río que reciben la corriente de aguas con cube. Entonces, como si fuera un regalo de la naturaleza, aparecen cerca de la superficie decenas de peces adormecidos. “El cube elimina el oxígeno del agua, por lo que las especies que normalmente se desplazan en el fondo del río suben en busca de oxígeno”, precisa la bióloga Paula Acevedo.

Es mediodía y las aguas del río Chikireni tienen manchas blancas. Los pobladores han caminado un promedio de dos horas para llegar a esta zona, y ya están listos para “cosechar” la pesca. Rigoberto Buendía, uno de los asháninka que acompaña nuestro grupo, dirige la faena: parado en medio del río con un machete en las manos, va fileteando los peces ya “atontados” por el cube.

Todos vuelven al centro comunal con pescados en los brazos, sobre todo chupadoras. Las mujeres traen agua del río en pequeñas ollas, y los hombres van atizando la leña. Hoy las chupadoras darán sabor a calditos calientes o serán sancochadas y servidas con yuca; es un día de fiesta. ¿Qué sería de esta comunidad si su río alimentador crece al punto de inundar sus tierras? La Central Asháninka del Río Ene (CARE) estima que Meteni perdería 1809 hectáreas de su territorio, o sea nos referiríamos a ella en el futuro como a una población submarina que “atontaba” a sus peces con raíces.

Sembrar para inundar

 “Somos más antiguos que el Estado peruano, ¿por qué tendríamos que irnos? ¿A dónde nos iríamos?”, grita Samuel Severo, teniente gobernante de la comunidad de Potsoteni, una de las 10 que quedarían total o parcialmente inundadas si se construye la represa de Paquitzapango. “Invadiremos, pues, la Reserva Comunal Asháninka”, añade con tono irónico Fredi Gavilán, presidente de los Comités de Autodefensa de la Federación Asháninka del Río Ene (FARE), un grupo minoritario que se escindió de CARE.

Fredi sabe que la reserva es un área natural protegida por el Estado en la que no se puede extraer madera ni abrir chacras. Por eso los indígenas de esta zona defienden tanto sus tierras comunales, porque, al ser dueños de ellas, pueden explotar sus recursos naturales libremente.

Ruth Buendía, presidenta de CARE, la organización más representativa de los pueblos asháninka del Ene, explica que otro absurdo del proyecto Paquitzapango es que inundaría áreas agrícolas cuyo desarrollo es promovido por el propio gobierno. “Me consta que aquí hay producciones de cacao, ajonjolí, plátano, maíz y caña que pueden comercializarse. El Estado impulsa esto con el proyecto especial Pichis Palcazú”, dice. ¿Acaso no es contradictorio que el gobierno respalde la construcción de una represa que afectaría áreas a las que destina dinero a través de un programa social?

Nadie les pidió su opinión

El Ministerio de Energía y Minas (MINEM) otorgó en diciembre del 2008 una concesión temporal por 20 meses a la empresa Paquitzapango Energía SAC, asociada a la constructora brasileña Odebrecht, para realizar estudios de factibilidad en la zona. Esto ya vulneraba los derechos de las comunidades nativas reconocidos por el Convenio 169 de la OIT y la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas. Y es que la concesión debió realizarse solo con la aprobación explícita de los pobladores afectados, algo que no ocurrió.

Así, el artículo 19 de la Declaración dice: “Los Estados celebrarán consultas y cooperarán de buena fe con los pueblos indígenas interesados por medio de sus instituciones representativas antes de adoptar y aplicar medidas legislativas o administrativas que los afecten, a fin de obtener su consentimiento libre, previo e informado”. La institución representativa en este caso es CARE, que ha emitido varios pronunciamientos contra la potencial represa. Entonces ¿con qué sustentó se otorgó la concesión? El 3 de agosto pasado venció el plazo, y la empresa solicitó una prórroga, que ha sido rechazada por el MINEM. Pero la empresa ha apelado, es decir el proyecto sigue en pie. “Antes de que construya la represa se va a luchar, y va a haber derramamiento de sangre”, dice sin rodeos Lucas López Alvariño, tercer brazo en mano. Nuestra clase política está advertida: debe llegar a la zona y promover un diálogo con los comuneros. Nadie quiere un Paquitzapangazo.

EL MITO DE PAKITZA

El nombre elegido por la empresa constructora para bautizar el proyecto de la central hidroeléctrica es desatinado: se refiere, en lengua asháninka, a la casa de un águila mítico llamado Paquitza al que se le atribuía la costumbre de devorar nativos. La leyenda cuenta que este animal fue capturado con engaños y asesinado por los pobladores del valle del río Ene. Sus plumas fueron arrojadas a las aguas y dieron vida a las comunidades del Amazonas. Así, se trata de un vocablo de alto valor cultural. Su utilización para denominar el proyecto de la represa enardece a los indígenas mejor informados y confunde a los menos, quienes piensan que el temible águila Paquitza está de vuelta, esta vez en forma de concreto.

HABlA ODEBRECHT PERÚ

¿Por qué solicitaron una prórroga a la concesión temporal del proyecto de la central hidroeléctrica de Paquitzapango?

No ha sido posible acceder a la zona del proyecto, no se han podido realizar los estudios de factibilidad, que comprenden estudios geológicos, estudios de batimetría del río, ingeniería y, principalmente, estudios ambientales y sociales. Un estudio de impacto ambiental en una zona así prevé un estudio antropológico que permite entender la cultura local y sus perspectivas de desarrollo.

¿Por qué no consultaron con las 10 comunidades asháninka cuyos territorios serían inundados por la laguna artificial?
El reglamento de la Ley de Concesiones Eléctricas, recién a partir de marzo del 2010, precisa la necesidad de las consultas previas para el otorgamiento de la concesión temporal. Nuestro deseo es que sean los pobladores, con sus representantes legítimos, quienes puedan reflexionar sobre la información disponible del proyecto y encaminar los estudios de factibilidad, los mismos que nos permitirán evaluar si este proyecto es factible o no desde el punto de vista técnico y socioambiental. Es posible que la mitigación de los impactos sea tan costosa o haya impactos no remediables ni mitigables, elementos que llevarían a la no viabilidad del proyecto.

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