Blogia
Ama Quella, Ama Sua, Ama Llulla

La Cultura de la Pobreza

Como nos menciona Oscar Lewis la cultura de la pobreza surge en contextos históricos muy diferentes, pero tiende a florecer en sociedades con el siguiente conjunto de condiciones:

1) una economía basada en el uso de efectivo, con trabajo asalariado y producción con fines de lucro;

2) una tasa permanentemente alta de desempleo y subempleo de trabajadores no capacitados;

3) salarios relativamente bajos;

4) ausencia de organización social, política y económica de la población de escasos recursos, sea voluntariamente o por imposición gubernamental;

5) la existencia de un sistema de parentesco bilateral y no unilateral; y

6) un conjunto de valores de la clase dominante, los cuales alientan la acumulación de bienes y propiedades, la posibilidad de ascenso socioeconómico y el ahorro, mismos que explica el bajo nivel socioeconómico como resultado de falta de adecuación o de inferioridad personales.

A continuacion un resumen de lo que explica Oscar Lewis sobre la cultura de la pobreza aparecido en su libro Ensayos Antropologicos. 1986.

 

La Cultura de la Pobreza

 

El concepto de la cultura de la pobreza es relativamente nuevo, si bien se ha escrito mucho acerca de la pobreza y los pobres. Lo mencioné por primera vez en 1959 en mi libro Cinco familias: estudios de casos mexicanos en la cultura de la pobreza. Este término es pegajoso y se ha empleado correcta e incorrectamente con gran frecuencia. Michael Harrington lo usó de manera repetida en su libro The Other America, que cumplió una función importante en el surgimiento del programa nacional contra la pobreza en los Estados Unidos, pero le dio una connotación más amplia y menos técnica que la que yo tenía en mente. A continuación intentaré definirlo en forma más precisa como un modelo conceptual, subrayando en particular la diferencia entre la pobreza y la cultura de la pobreza. La falta de estudios antropológicos intensivos de familias pobres de diversos contextos culturales y nacionales, especialmente de los países socialistas, es una desventaja importante para la formulación de regularidades interculturales válidas. Por lo tanto, el modelo que presento en este ensayo es provisional y está sujeto a modificaciones en razón de nuevos estudios.

A lo largo de la historia escrita encontramos, en la literatura, los proverbios y dichos populares, dos evaluaciones opuestas acerca de los pobres. Algunos los caracterizan como benditos, virtuosos, enhiestos, serenos, independientes, honrados, amables y felices; otros los consideran perversos, miserables, violentos, sórdidos y criminales. Estas evaluaciones contradictorias y que originan confusión también se reflejan en la lucha actual contra la pobreza. Unos estudiosos ponen de relieve la gran capacidad de los pobres para ayudarse a sí mismos, para el liderazgo y la organización de la comunidad; mientras otros señalan los efectos destructores, algunas veces irreversibles, que ejerce la pobreza sobre el carácter individual, por lo que enfatizan la necesidad de conducción y control por parte de la clase media, la que supuestamente tiene una mejor salud mental.

Estos puntos de vista opuestos reflejan también una lucha por el poder político entre dos grupos competidores. Sin embargo, la confusión se deriva, en parte, tanto de no diferenciar entre la pobreza misma y la cultura de la pobreza, como de la tendencia a centrar la atención en la personalidad individual y no en el grupo, es decir, no en la familia y el barrio.

He intentado, como antropólogo, comprender la pobreza y sus características como cultura o, con mayor precisión, como subcultura, con su propia estructura y razón de ser, como un modo de vida que pasa de una generación a otra en las familias. Este enfoque dirige la atención al hecho de que la cultura de la pobreza en las naciones modernas, no sólo es una cuestión de bajo nivel de ingresos, desorganización o carencia alguna, sino que también representa aspectos positivos y satisfacciones sin las cuales los pobres difícilmente podrían seguir adelante.

En otros escritos he indicado que la cultura de pobreza va más allá de las diferencias regionales, rurales-urbanas y nacionales, mostrando similitudes notables en la estructura familiar, las relaciones interpersonales, el uso del tiempo, los sistemas de valores y los patrones de gastos. Estas similitudes a nivel supranacional son ejemplos de inventiva y convergencia independientes, y representan adaptaciones comunes a problemas también comunes.

La cultura de la pobreza surge en contextos históricos muy diferentes, pero tiende a florecer en sociedades con el siguiente conjunto de condiciones: 1) una economía basada en el uso de efectivo, con trabajo asalariado y producción con fines de lucro; 2) una tasa permanentemente alta de desempleo y subempleo de trabajadores no capacitados; 3) salarios relativamente bajos; 4) ausencia de organización social, política y económica de la población de escasos recursos, sea voluntariamente o por imposición gubernamental; 5) la existencia de un sistema de parentesco bilateral y no unilateral; y 6) un conjunto de valores de la clase dominante, los cuales alientan la acumulación de bienes y propiedades, la posibilidad de ascenso socioeconómico y el ahorro, mismos que explica el bajo nivel socioeconómico como resultado de falta de adecuación o de inferioridad personales.

La cultura de la pobreza es el modo de vida que surge entre algunos de los pobres bajo tales circunstancias; se la puede estudiar más satisfactoriamente en las barriadas urbanas o rurales y describirla con base en cerca de setenta características sociales, económicas y psicológicas interrelacionadas. Sin embargo, el número de características y relaciones entre ellas suelen variar de una sociedad o familia a otra. Por ejemplo, en una sociedad con bajo índice de analfabetismo, este último revestirá mayor importancia con relación a la cultura de la pobreza que en otra en que el analfabetismo está generalizado y en la que incluso las personas acomodadas a veces son analfabetos, como ocurría en algunas comunidades rurales mexicanas antes de la revolución de 1917.

La cultura de la pobreza es una adaptación y una reacción de los pobres a su marginación por parte de una sociedad capitalista estratificada en clases y muy individualista; también representa un esfuerzo por enfrentar las sensaciones de desesperanza y desesperación, que surgen al percatarse de la improbabilidad de lograr éxito conforme a los valores y los objetivos establecidos por el conjunto de la sociedad. De hecho, es posible conceptuar a muchas de las características de la cultura de la pobreza como intentos de solución local de problemas no resueltos, ni por las instituciones ni por los organismos existentes, sea porque el pueblo no le resultan accesibles o porque no puede sufragar los gastos correspondientes, o porque desconocen dichos organismos o sospechan de ellos. De este modo, al no poder lograr préstamos bancarios, tiene que limitarse a sus propios recursos y organizar mecanismos informales de crédito sin pago de intereses.

No obstante, la cultura de la pobreza no es sólo una adaptación a un conjunto de condiciones objetivas en una sociedad dada, sino que, una vez que existe, tiende a perpetuarse de una generación a otra en virtud de los efectos que ejerce sobre los niños. Por lo común, al llegar a la edad de 6 o 7 años, los niños de las barriadas han absorbido los valores y las actitudes básicas de su subcultura; esto les anula la disposición mental necesaria para aprovechar las condiciones cambiantes o las oportunidades de mejoramiento que pudieran tener a lo largo de su vida.

Es muy frecuente que la cultura de la pobreza aparezca cuando tiene lugar la desintegración de un sistema socioeconómico estratificado o cuando este último es sustituido por otro, como en el caso de la transición del feudalismo al capitalismo o durante épocas de cambios tecnológicos acelerados. Resulta también comúnmente de la conquista imperial, en que se aplasta a la estructura socioeconómica nativa y los naturales quedan en un estatus colonial servil, a veces durante generaciones. Por último, surge con la desaparición de la estructura tribal, como se observa actualmente en África.

Las personas que tienen mayores probabilidades de formar parte de la cultura de la pobreza, son las que provienen de los estratos inferiores de una sociedad que cambia con rapidez y que ya están parcialmente marginados de ella. Luego cabe esperar que los trabajadores rurales sin tierras que emigran a las ciudades, se integren a dicha cultura con mayor facilidad que los que provienen de un poblado rural estable y con una cultura tradicional bien organizada. En este sentido, existe un contraste notable entre Latinoamérica, subcontinente cuya población rural hace tiempo que pasó de la sociedad tribal a la campesina, y África, que está todavía muy cerca de su herencia tribal. El carácter más colectivo de muchas sociedades tribales africanas, que contrasta con las comunidades rurales latinoamericanas, así como la persistencia de los vínculos aldeanos, tiende a inhibir o demorar la formación abierta de una cultura de la pobreza en muchos pueblos y ciudades africanos. Las condiciones especiales del apartheid en Sudáfrica, país en que se segrega a los emigrantes en “emplazamientos” separados y no se les permite libertad de movimiento, origina problemas especiales, y la represión y discriminación institucionalizadas generan un mayor sentido de identidad y conciencia de grupo.

Es factible estudiar la cultura de la pobreza con base en diversos aspectos: la relación ente ella y el conjunto de la sociedad; las características de la barriada; las características de la familia y las actitudes, los valores y la estructura del carácter en cada individuo.

La falta de participación real y de integración de los pobres a las instituciones principales de la sociedad, es una de las características decisivas de la cultura de la pobreza. Se trata de un asunto complejo y resulta de diversos factores, entre ellos la escasez de recursos económicos, la segregación y la discriminación, el miedo, la sospecha o la apatía y el surgimiento de soluciones locales para los problemas. Sin embargo, la participación en algunas de las instituciones de la sociedad (p. ej., cárceles, ejército y los servicios de auxilio social), no elimina por sí misma las características de la cultura de la pobreza. Los sistemas de salud pública, que apenas mantiene viva a la gente, hacen que se perpetúen la pobreza y la sensación de desesperanza, en vez de eliminarlas.

Los bajos salarios, el desempleo crónico y subempleo, originan escasez de recursos económicos, falta de propiedad de bienes, ahorros y reservas alimentarías en casa y escasez permanente de dinero. Estas circunstancias hacen que disminuya la posibilidad de participación efectiva en el sistema económico de la sociedad entera y, como respuesta a tales circunstancias, en la cultura de la pobreza son frecuentes el empeño de bienes personales, la obtención de préstamos otorgados por prestamistas locales a elevadas tasas de interés, los mecanismos espontáneos e informales de crédito entre vecinos, el uso de ropa y muebles de segunda mano y la compra frecuente de pequeñas cantidades de alimentos varias veces al día, conforme surge la necesidad.

Las personas que forman parte de la cultura de la pobreza producen poca riqueza y también reciben a cambio poca de ella. Su nivel de estudios y educación es bajo; no pertenecen a sindicatos ni a partidos políticos; por lo general no tienen acceso a los organismos de salud nacionales y escasamente hacen uso de bancos, hospitales o tiendas departamentales no visitan museos o galerías de arte. Presentan una actitud de rechazo hacia algunas de las instituciones básicas de las clases dominantes, muestran aversión a la policía, desconfían del gobierno y de las personas acomodadas, y tienen una actitud de cinismo que engloba aun a la iglesia. Ello origina que estos sujetos muestren disposición favorable a las protestas y a ser empleados en movimientos políticos dirigidos contra el orden social existente.

Las personas de la cultura de la pobreza están conscientes de los valores de la clase media, hablan acerca de ellos e incluso consideran a algunos como propios, pero en términos generales no viven conforme a tales valores; por eso es importante diferenciar entre lo que hacen y dicen. Muchos de ellos afirmarán por ejemplo, que el matrimonio civil o el religiosos, o ambos, son una forma ideal de unión, pero pocos se casarán. La unión libre o el amasiato tiene mucho sentido para quienes no tienen trabajo estable u otras fuentes fijas de ingresos, no tienen propiedades o bienes qué heredar a sus hijos, viven el presente y quieren evitar los gastos y las dificultades legales que conllevan el matrimonio formal y el divorcio. Por otra parte, es frecuente que la mujer rechace proposiciones de matrimonio porque siente que este último la ataría a un hombre inmaduro, violento y, en términos generales, no confiable. La mujer siente que la unión libre le resulta más conveniente, ya que le brinda en parte la libertad y la flexibilidad de que dispone el hombre. Además, el hecho de que el padre de sus hijos no sea su marido le permite tener mayores probabilidades de conservarlos si decide dejar a su compañero, además de que le confiere a la mujer derecho exclusivo sobre una casa o cualquier otra propiedad común de ellos.

En lo relativo a la descripción de la cultura de la pobreza en el nivel de la comunidad local, pueden mencionarse las viviendas inadecuadas ,el apiñamiento, la convivencia social y ante todo, la organización mínima más allá de la familia nuclear a amplia. A veces, sin embargo, se observan agrupamientos o asociaciones voluntarias temporales en las barriadas; la existencia de pandillas del vecindario, que rebasan los límites del barrio, representa un avance considerable respecto del punto cero del continuo que tengo en mente. De hecho, es el bajo nivel de organización el que da a la cultura de la pobreza su carácter marginal y anacrónico en la sociedad actual, tan compleja, especializada y organizada. Así, la mayor parte de los pueblos primitivos tiene una organización sociocultural más compleja que los habitantes de las barriadas urbanas modernas.

A pesar de este nivel generalmente bajo de organización, en las barriadas urbanas y los vecindarios de las barriadas suele observarse un sentido comunitario y de camaradería, lo cual cambia en una misma ciudad, o de una región o un país a otro. Los factores principales, que ejercen efectos en tal variación, abarcan el tamaño de la barriada, su localización y características físicas, el tiempo que tiene la persona residiendo en él, la frecuencia de posesión de terreno y vivienda (opuesta a la ocupación de terrenos ajenos), el pago de rentas, el origen étnico, los vínculos de parentesco y la libertad de movimiento a la falta de este último. La actitud comunitaria local se asemeja a la de una aldea cuando el barrio está separado de las zonas circundantes por murallas u otras barreras físicas; las rentas son bajas y fijas y gran parte de sus habitantes han residido en el barrio durante muchos años (20 o 30); los habitantes constituyen un grupo étnico, racial o lingüístico específico, o están unidos por lazos de parentesco o compadrazgo; y hay algunas asociaciones voluntarias internas. Es frecuente que no exista esta combinación de circunstancias favorables, pero aunque la organización interna y la camaradería sean mínimas y frecuentes los cambios de lugar de residencia, surge un sentido de territorialidad que separa a la barriada de resto de la ciudad. Este fenómeno se observa en la Ciudad de México y en San Juan de Puerto Rico, como resultado de la carencia de viviendas de bajo precio fuera de las barriadas, mientras que en Sudáfrica es resultado de la segregación impuesta por el gobierno, por la que los emigrantes rurales quedan confinados a emplazamientos específicos.

Las características principales de la cultura de la pobreza en el nivel familiar son, el hecho de que la niñez no representa una etapa de duración particularmente larga respecto al ciclo vital ni conlleva protección; el comienzo temprano de la actividad sexual; la unión libre o el amasiato; la frecuencia relativamente alta del abandono de mujer e hijos; la tendencia a centrar la familia en la mujer o la madre, lo cual acarrea un mayor conocimiento de los parientes por el lado materno y la predisposición abierta al autoritarismo; la falta de intimidad; el énfasis verbal en la solidaridad familiar, que pocas veces se logra ante la rivalidad entre hermanos y la competencia por los bienes y el afecto materno, ambos escasos.

Las características principales en el nivel individual son: intensas sensaciones de marginalidad, impotencia, dependencia e inferioridad. Ellos es cierto en habitantes de barriadas de la Ciudad de México y San Juan de Puerto Rico, quienes forman parte de familias que no constituyen un grupo étnico o racial diferenciado no sufren discriminación racial. Por supuesto, en los Estados Unidos la cultura de la pobreza de los negros abarca la desventaja adicional de la discriminación racial, pero como ya he señalado esta última lleva latente una gran capacidad para la protesta y la organización revolucionarias, misma que al parecer está ausente en las barriadas de la Ciudad de México o entre los pobres de raza blanca del sur de los Estados Unidos.

Otras características comprenden la elevada frecuencia de privación de la madre, la oralidad, la débil estructura del ego, la identidad sexual confusa, la falta de control de impulsos y una fuerte orientación a vivir el presente, acompañada de relativamente poca capacidad para diferir las gratificaciones y planear el futuro; una actitud de resignación y fatalismo, la creencia generalizada en la superioridad masculina y una elevada tolerancia para los trastornos psíquicos de todo tipo,

Las personas que viven en la cultura de la pobreza tienen una actitud provinciana y localista y poco sentido de la historia sólo conocen sus problemas y condiciones locales, su propio vecindario y su modo de vida. Usualmente están ausentes los conocimientos, la capacidad y la ideología para advertir similitudes entre sus problemas y los de sus semejantes en el resto del mundo, y no tienen conciencia de clase aunque son muy sensibles a las diferencias de status social.

Es necesario tener en mente las proposiciones que se enumeran a continuación, al analizar las características recién señaladas. 1) Las Características corresponden a diversos grupos y guardan relación funcional en cada uno de ellos. 2) Muchas de las características de los diferentes grupos, aunque no todas, también guardan relación funcional. Por ejemplo, los varones con bajos ingresos y desempleo permanente tienen una imagen insatisfactoria de sí mismos, se vuelven irresponsables, abandonan a su mujer e hijos y se juntan con otras mujeres con más frecuencia que los varones con ingresos elevados y trabajo estable. 3) Ninguna de las características, tomada por separado, distingue por sí misma a la subcultura de la pobreza; es su conjunción, su relación funcional y los patrones con que se presenta, lo que define a esta subcultura. 4) La subcultura de la pobreza, conforme queda definida por estas características, es un perfil estadístico; es decir, la frecuencia de distribución de tales características, sea que se consideran cada una por separado o en grupos, será mayor que el resto de la población. En otras palabras, las familias de la subcultura de la pobreza presentarán un número mayor de tales características que una familia estables de las clases trabajadora, media o acomodada. Más todavía, en una sola barriada puede haber ciertas familias que corresponden a la cultura de la pobreza y otras que no. 5) Por último, el perfil de la subcultura de la pobreza probablemente será diferente, de modo sistemático, conforme a la divergencia en los contextos culturales nacionales de las que forma parte. Es posible que la investigación de naciones diferentes haga surgir nuevas características.

Hasta la fecha no he elaborado un sistema para ponderar cada una de las características, aunque quizás esto resulte factible y se puede establecer una escala para muchas de ellas. Las que reflejan falta de participación en las instituciones del conjunto de la sociedad o el rechazo directo (en la práctica, si no en teoría), corresponderían a las características decisivas; por ejemplo, analfabetismo, provincialismo, unión libre, abandono de la mujer e hijos y falta de participación o membresía en asociaciones voluntarias más allá de la familia amplia.

Los pobres dejan de formar parte de la cultura de la pobreza, aunque quizás aún sean desesperadamente pobres, en el momento en que adquieren conciencia de clase, se convierten en miembros activos en organizaciones sindicales o adoptan un punto de vista internacionalista acerca de la realidad. Cualquier movimiento, sea religioso, pacifista o revolucionario, que organice a los pobres, les dé esperanza y promueva en forma eficaz la solidaridad y la identificación con grupos más grandes; destruirá el núcleo social y psicológico de la cultura de la pobreza. Creo que en este sentido, los movimientos de derechos civiles entre los negros estadounidenses, han logrado mejorar el respeto y la opinión que tienen respecto de sí mismos en mayor grado que sus progresos económicos, aunque sin duda ambos aspectos se refuerzan uno al otro.

La diferenciación entre la pobreza y la cultura de la pobreza es fundamental para el modelo que describimos. Hay diversos grados de pobreza y muchos tipos de gente pobre; el término cultura de la pobreza se refiere, pues a un modo de vida que comparten las personas pobres en contextos históricos y sociales dados. Las características económicas que he mencionado respecto de dicha cultura son condición necesaria pero no suficiente para definir el fenómeno al que me refiero; existen diversos ejemplos históricos de segmentos de población muy pobre, cuyo modo de vida no corresponde a lo que yo describiría como subcultura de la pobreza. A continuación señalo cuatro ejemplos.

Primero: Muchos pueblos primitivos o ágrafos estudiados por los antropólogos padecían una pobreza extrema, resultado de la escasez de conocimientos tecnológicos o de recursos naturales, o de ambos factores, pero no presentan las características de la subcultura de pobreza. De hecho, no constituyen una subcultura porque son sociedades poco estratificadas y, a pesar de su pobreza, se trata de culturas relativamente integradas, satisfechas y autosuficientes. Aun las tribus de recolectores y cazadores con estructura más sencilla, poseen elementos considerables de organización (bandas y jefes de partida, consejos tribales y autogobierno local) que no están presentes en la cultura de la pobreza.

Segundo: Las castas inferiores de la India (los camars o curtidores y los bhangis o barrenderos) suelen ser muy pobres en las aldeas y ciudades, pero la mayor parte de ellos están integradas a la sociedad y poseen sus propias organizaciones panchayat, que rebasan los límites de la aldea y les otorga poder considerable. Además del sistema de castas, que confiere a los individuos sentido de identidad y de pertenencia a un grupo, el sistema de clanes es otro factor. Este último o los sistemas de parentesco unilateral, doquiera que existan, hacen poco probable la existencia de la cultura de la pobreza, ya que el sistema da a la gente la sensación de pertenecer a un grupo que tiene historia y vida propias y, por lo tanto, aporta un sentido de continuidad, de un pasado y un futuro.

Tercero: Los judíos de Europa oriental eran muy pobres pero no tenían muchas de las características de la cultura de la pobreza por su tradición de alfabetismo; por el gran valor que conceden al aprendizaje y por la organización de la comunidad alrededor del rabino; por la proliferación de asociaciones voluntarias locales y por su religión, que les enseña que son el pueblo elegido.

Cuarto: Mi cuarto ejemplo es especulativo y corresponde al socialismo. A partir de mi experiencia limitada en un país socialista (Cuba) y de mis lecturas, me inclino a creer que la cultura de la pobreza no existe en los países socialistas. Mi primera visita en 1947 a Cuba, fue como profesor invitado del Departamento de Estado. En aquel entonces comencé el estudio de una plantación de azúcar en Melena del Sur y de un barrio bajo en La Habana; después de la revolución hice mi segundo viaje a Cuba, como corresponsal de una revista importante, y visité de nuevo al mismo barrio y algunas de las familias que había interrogado antes. El aspecto físico del barrio había cambiado poco, excepto por una nueva y hermosa escuela de párvulos; era evidente que la gente todavía era muy pobre, pero encontré en mucho menor grado los sentimientos de angustia; apatía y desesperanza característicos de los barrios bajos urbanos en la cultura de la pobreza. Estas personas expresaron gran confianza en sus líderes y la esperanza de una mejor vida en el futuro; el barrio mismo estaba ahora muy organizado, con comités de manzana, educacionales y de partido. El pueblo tenía una nueva sensación de poder e importancia, estaba armado y se les enseñaba una doctrina que glorificaba a la clase baja como esperanza de la humanidad (¡un funcionario cubano comentó que prácticamente habían eliminado la delincuencia al dar armas a los delincuentes!).

Creo que el régimen de Castro, a diferencia de Marx y Engels, no consideró al llamado proletariado lumpen como una fuerza inherentemente reaccionaria y antirrevolucionaria; en vez de ello se dio cuenta de su revolucionario e intentó utilizarlo. En este sentido, Franz Fanon evalúa en forma semejante la función del proletariado lumpen a partir de su experiencia en la lucha por la independencia de Argelia. En los condenados de la Tierra escribe:

Es en esta masa de seres humanos, en esta gente de las casuchas, en el núcleo del proletariado lumpen, donde la rebelión encontrará su punta de lanza urbana. Porque el proletariado lumpen, esa horda de hombres hambrientos y separados de su tribu y su clan, constituye una de las fuerzas espontáneas más revolucionarias y radicales de un pueblo colonizado.

Mis investigaciones de los habitantes de las barriadas pobres de San Juan de Puerto Rico no respaldan las generalizaciones de Fanon, ya que los puertorriqueños de bajos ingresos escasamente poseen un espíritu revolucionario o una ideología radical. Por el contrario, la mayor parte de las familias que estudié tenían opiniones políticas bastante conservadoras y casi la mitad de ellos se inclinaban por el Partido Republicano Estadista, que promueve la transformación de la isla en un estado norteamericano. Me parece que el potencial revolucionario de las personas que forman parte de la cultura de la pobreza varía considerablemente conforme al contexto nacional y las circunstancias históricas específicas. En un país como Argelia, que luchaba por su independencia, el proletariado lumpen fue arrastrado a la lucha y se transformó en una fuerza vital; pero en países como Puerto Rico, donde el movimiento para la independencia tiene poco apoyo entre las masas, o en México, que logró su independencia hace mucho tiempo y actualmente está en un periodo posrevolucionario, el proletariado lumpen no es una fuerza importante para la rebelión o el espíritu revolucionario.

En efecto, observamos que en las sociedades primitivas y las de castas no surge la cultura de la pobreza, misma que tiende a disminuir en las sociedades fascistas, socialistas o las capitalistas muy desarrolladas con beneficencia institucional. Creo que la cultura de la pobreza es característica (y surge en) la etapa temprana del capitalismo de libre empresa, y es endémica en los regímenes coloniales.

Es importante diferenciar entre los diversos perfiles de la subcultura de la pobreza, que dependen del contexto nacional en el que existe dicha subcultura. Si consideramos a esta última principalmente con base en el factor de integración al conjunto de la sociedad y en la identificación con las grandes tradiciones de dicha sociedad, o si con base en el surgimiento de una nueva tradición revolucionaria, no nos sorprenderá que los habitantes de barriadas con ingresos más bajos difieren en mayor grado de las características centrales de la cultura de la pobreza, que otros con ingresos más elevados. Por ejemplo, Puerto Rico tiene un ingreso por persona mucho más elevado que México, pero los mexicanos tienen un sentido de identidad más profundo. Sin embargo, en México hasta las personas más pobres poseen un sentido más rico del pasado y una identificación más profunda con la gran tradición mexicana, por comparación con la que tienen los puertorriqueños con respecto de su tradición. En este sentido, en ambos países interrogué a los habitantes de barriadas acerca de los nombres de figuras públicas nacionales. En la Ciudad de México, un elevado porcentaje de los interrogados, aun aquellos de escolaridad escasa o nula, tenían conocimientos acerca de Cuauhtémoc, Hidalgo, Morelos, Juárez, Días, Zapata, Carranza y Cárdenas, mientras que en San Juan de Puerto Rico los interrogados mostraron ignorancia absoluta acerca de figuras históricas del país como Ramón Power, José de Diego, Baldorioty de Castro, Ramón Betances, Nemesio Canales y Llorens Torres. Así, para el puertorriqueño de bajos ingresos ¡la historia comienza y termina con Muñoz Rivera, su hijo Muñoz Marín y doña Felisa Rincón!

He mencionado el fatalismo y las pocas aspiraciones, como características claves de la subcultura de la pobreza. Sin embargo, en este aspecto, también el contexto nacional marca grandes diferencias. Es evidente que el nivel de las aspiraciones de los sectores más pobres de la población en un país como los Estados Unidos, con su tradicional ideología de ascenso social y democracia, será mucho mayor que en países atrasados como Ecuador y Perú, donde la ideología y las posibilidades reales de ascenso social están muy limitadas y los valores autoritarios persisten en los medios rural y urbano.

Creo que si bien todavía existe mucha pobreza en los Estados Unidos (las estimaciones varían entre treinta y cincuenta millones de personas), es relativamente escasa la que yo llamaría cultura de la pobreza en particular si se compara con las de naciones subdesarrolladas; esto se debe a los adelantos tecnológicos, el elevado nivel de educación, el desarrollo de los medios masivos de comunicación y las aspiraciones de todos los sectores de la población comprendida por debajo de la línea de pobreza (o entre seis y diez millones de personas) de Estados Unidos, posee las características que justificarían clasificar su modo de vida como cultura de la pobreza; y es probable que una gran parte de este grupo consista en negros, mexicanos, puertorriqueños, indígenas americanos de bajos ingresos y blanco pobres del sur. Que el número de personas norteamericanas comprendidas en la cultura de la pobreza sea relativamente bajo, resulta positivo, ya que es bastante más difícil eliminar a la cultura de la pobreza que a la pobreza en sí.

Las personas de clase media, entre quienes se cuentan sin duda la mayor parte de los científicos sociales, tienden a concentrar su atención en los aspectos negativos de la cultura de la pobreza, y a relacionar los valores negativos con características como la de la orientación al presente y la orientación concreta o abstracta. No es mi intención considerar en forma idealista o romántica a la cultura de la pobreza, ya que como alguien dijo “es más fácil alabar la pobreza que vivir en ella”, pero conviene no pasar por alto algunos aspectos positivos de tales características. El vivir en el presente suele dar origen a una capacidad para la espontaneidad, el gozo de los sentidos y la tolerancia de los impulsos; capacidad que con frecuencia está adormecida en los hombres de clase media, orientados al futuro. Quizá sea esta realidad del momento lo que intentan recapturar desesperadamente los escritores existencialistas y que en la cultura de la pobreza es un fenómeno natural y cotidiano. El uso frecuente de la violencia representa sin duda alguna un escape inmediato para la hostilidad, de modo que las personas que forman parte de la cultura de la pobreza sufren menos represión que los sujetos de clase media.

Los antropólogos han afirmado, con base en el punto de vista tradicional de la cultura, que esta cultura confiere a los seres humanos un modo de vida con un conjunto de soluciones ya elaboradas, por lo que los individuos no tienen que partir desde cero en cada generación; es decir, el núcleo de la cultura ejerce su función positiva de adaptación. Yo también he llamado la atención acerca de algunos mecanismos de adaptación en la cultura de la pobreza; por ejemplo, el bajo nivel de aspiración permite disminuir la frustración, y la legitimación de hedonismo a corto plazo posibilita la espontaneidad y el gozo. Sin embargo, considerada en conjunto, me parece una cultura no muy honda, que conlleva en gran medida “pathos”, sufrimiento y sensación de vacío entre sus miembros. Además, no aporta mucho apoyo o satisfacción y, al estimular la desconfianza, tiende a aumentar la desesperanza y el aislamiento. De hecho, la pobreza de cultura es uno de los aspectos fundamentales de la cultura de la pobreza.

El concepto de cultura de la pobreza es una generalización muy amplia que, esperanzadamente, permitirá unificar y explicar diversos fenómenos a los que se ha considerado como características distintivas de grupos raciales, nacionales o regionales. Por ejemplo, se suponía que la centralización en la figura materna, la frecuencia elevada de uniones libres y el alto porcentaje de hogares encabezados por la mujer, eran rasgos propios de la organización familiar caribeña o de las familias de negros en los Estados Unidos, pero han resultado se características de la cultura de la pobreza presentes en diversos pueblos de muchas partes del mundo, también en aquellos que no tienen antecedentes de esclavitud.

Disponer de un concepto de subcultura de la pobreza, que rebasa a las sociedades, nos permite ver que muchos de los problemas que suponíamos específicos de nuestra sociedad o de los problemas de los negros (o de cualquier otro grupo étnico o racial específico), también están presentes en otros países que no tienen minorías étnicas. Además mueve a pensar que la eliminación de la pobreza física quizá no baste para eliminar la cultura de la pobreza como un modo de vida.

¿Cuál es el futuro de la cultura de la pobreza? Al considerar esta pregunta es necesario establecer diferencias entre los países en que abarca un pequeño segmento de la población y aquellos en que dicho segmento es más amplio. Resulta claro que las soluciones serán diferentes en ambas situaciones. En los Estados Unidos, la solución principal que han planteado los planificadores y trabajadores sociales al tratar familias con problemas múltiples y el llamado “núcleo duro” de la pobreza, ha sido intentar mejorar poco a poco su nivel de vida e incorporarlos a la clase media y, siempre que ha sido posible, han acompañado esto de tratamiento psiquiátrico. Sin embargo, en los países subdesarrollados grandes masas viven en la cultura de la pobreza, de modo que no es posible solucionarla con el trabajo social. Por otra parte, ante la magnitud del problema, los psiquiatras difícilmente pueden hacerle frente cuando apenas se dan abasto para atender a la creciente clase media. Así, es factible que en estos países las personas de la cultura de la pobreza busquen una solución más revolucionaria. Por lo cual es frecuente que las revoluciones hayan tenido éxito en abolir algunas de las características básicas de la cultura de la pobreza, aunque no la pobreza misma, al originar cambios estructurales básicos en la sociedad, como redistribuir la riqueza, organizar a los pobres y darles poder, liderazgo y un sentido de pertenencia a un grupo.

Algunos de mis lectores han malentendido el modelo de la subcultura de la pobreza y no han asimilado la necesidad de diferenciar entre ella y la pobreza. Al efectuar esta distinción he intentado documentar una generalización más amplia; a saber, es un grave error considerar a todas las personas pobres bajo una sola categoría, ya que las causas, el significado y las consecuencias de la pobreza varían notablemente en los diferentes contextos socioculturales. Luego, este concepto en manera alguna pone la carga de la pobreza en el carácter del pobre, ni intenta restar importancia a la explotación y el abandono en que vive este último. De hecho, la subcultura de la pobreza es parte de la cultura capitalista, cuyo sistema socioeconómico lleva a la riqueza a manos de un grupo relativamente pequeño, con lo cual posibilita la existencia de diferencias tajantes entre las clases sociales.

Acepto la idea de que entre las múltiples razones para la persistencia de esta subcultura se cuentan sin duda, las presiones que la sociedad ejerce sobre sus miembros y la estructura de la sociedad misma, pero éstas no son las únicas razones. La subcultura que nos ocupa elabora mecanismos que tienden a perpetuarla, particularmente porque ejerce efecto en las aspiraciones, el carácter y la opinión que tienen de la realidad los niños que crecen en ella. Por lo consiguiente, las oportunidades de mejoramiento económico, si bien son del todo esenciales y de la mayor prioridad, no son suficientes para alterar o eliminar en sus aspectos básicos la subcultura de la pobreza. Su eliminación requiere además un proceso que se llevará varias generaciones, aun bajo las circunstancias más satisfactorias, como una revolución socialista.

Algunos lectores han entendido mis palabras como si dijera: “el ser pobre es terrible, pero el tener la cultura de la pobreza no es tan malo”. Lo que en realidad afirmo es que es más fácil eliminar la pobreza que la cultura de la pobreza y que los pobres en una sociedad precapitalista de castas, como la de la India, tienen algunas ventajas respecto de los habitantes de las barriadas urbanas modernas, ya que están organizados en castas y panchayats, lo cual les confiere un sentido de identidad y en alguna medida, fuerza y poder. Gandhi quizá tenía en mente a las barriadas de las urbes occidentales cuando escribió que el sistema de castas era una de las grandes invenciones de la humanidad. En forma semejante, he señalado que los judíos pobres de Europa Oriental, con su fuerte tradición culta y organización comunitaria, estaban en una mejor situación que las personas de la cultura de la pobreza. Por otra parte, señalaría que estas últimas, con abierta actitud de resignación y fatalismo, presentan menos compulsión y angustia si las comparamos con las personas de clase media baja que intentan superarse aun bajo las circunstancias más adversas.

Oscar Lewis, “La Cultura de Pobreza” del libro Ensayos Antropológicos

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres